CURRICULUM
2005: Galería de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina. 2001: Salón de las Artes y Sala de Conferencias, Casa Rosada. Buenos Aires, 2000: Galería Margarita Summers. Madrid, España. 1999: 1998: Galería Zafira. París, Francia. 1997: 1996: Casa de la Cultura. Belén de Escobar, Pcia. de Buenos Aires, Argentina. Tuve una sorpresa al recorrer la muestra de Juan Manuel Díaz Puerta, a quien desconocía. Me explicó que vive en Escobar y que pasó una larga estadía en España. Formado en la Academia Nacional Prilidiano Pueyrredón, Puerta es un eximio dibujante y un pintor que se desenvuelve con soltura en los generosos tamaños de unos tres por cuatro metros. Hacían falta salas de la amplitud de este museo para alojar obras de tanto aliento: mérito que atribuyo a la curadora de la muestra y al director del establecimiento. Pero Díaz Puerta no sólo sorprende por la calidad y magnitud de sus trabajos, sino por la hondura simbólica que los anima. Como los grandes simbolistas al nivel de Fanton Latour o de Odilon Redon, Díaz Puerta se apoya en la precisión de la línea que luego será enriquecida con acrílicos raramente empastados en algunas zonas. Grandes composiciones como “Después de la guerra” o “Somos hermanos” nos muestran una galería de animales entre los que sobresalen los elefantes y también algunos caballos y felinos. No hay duda de que el mundo animal obsesiona a Díaz Puerta, como en su momento obsesionó a H.G Wells. Pienso en “La isla del doctor Moreau”. Un artista de excepción, este joven maestro hubiese sido convocado en el Renacimiento para pintar estancias del Vaticano como las que pintó Rafael Sanzio. Según Pierre Francastel cada época tiene su espacio pictórico. Así el Quatroccento y su espacio plano; el Renacimiento con el espacio cúbico; hasta llegar al espacio poético ilusorio; los planos dislocados del cubismo y el simultaneísmo de su mirada, hasta llegar al espacio pictórico de nuestros días, pasando por diferentes tratamientos a lo largo del tiempo. En cada caso la pintura asumía, con su lenguaje una situación epocal; una manera de ver al mundo y de expresarlo en términos plásticos. En la contemporaneidad, encontramos un espacio escenográfico característico de los años 80 que se prolongó como moda hasta los primeros tramos de la década siguiente. En ese espacio, en el que la mirada iba de arriba hacia abajo el hombre aparecía empequeñecido; a veces, rodeado de objetos de una escala superior o equivalente. El proceso atosigante de la globalización, con su pensamiento único omnipotente le otorgaba al hombre un lugar marginal que lo desplazaba de todo centro de interés. Ese hombre empequeñecido, prácticamente ausente en el protagonismo pictórico, carente de identidad, tenía, obviamente, su razón de ser. El arte registró, de ese modo una realidad insoslayable. Motivan estas reflexiones las pinturas acrílicas de reciente creación donde el artista establece una línea de horizonte, siempre hacia arriba, como un lugar de llegada. Casi siempre aparece en ese sitio un arco o portal de acceso, o una luz cenital que ilumina la escena. El carácter simbólico de las imágenes es evidente, sin forzar con ello interpretaciones determinadas. Hombres o elefantes configuran imágenes indiscernibles, apenas sugeridas en procesiones o agrupamientos misteriosos. Este joven artista, dominador de su técnica, aporta así una mirada diferente y plantea sus obras desde una originalidad expresiva que hay que destacar. Su pintura nos lleva a otra mirada, que rompe con el punto de perspectiva más frecuente en nuestros días. Cuando estamos sumidos en el mayor desconcierto de nuestra historia presente, en medio de una crisis de identidad que ha colocado a los argentinos en un estado de disgregación y ausencia de reglas y valores que se respeten, Juan Manuel Díaz Puerta nos invita con sus pinturas a elevar la mirada hacia un sentido más trascendente y espiritual. Su virtud está en que lo logra. Juan Manuel Díaz Puerta (Entre Ríos, 1965), presenta en el Centro Cultural Recoleta una obra de carácter épico. Toda una rareza en tiempos en que lo contemporáneo casi excluyentemente se asocia con lo desangelado, lo críptico, lo que se apoya en el discurso intelectual, también lo banal y carente de contenido. Épico también se relaciona con lo heroico y así puede calificarse al hombre contemporáneo en su lucha por la supervivencia en un mundo despiadado, creado por otros hombres. Sólo que algunos se resisten. Obras de grandes dimensiones (510 x 250 cm.), pictóricamente muy elaboradas, de un cromatismo que acentúa el carácter épico y su contenido espiritual, misteriosa también por la presencia de los elefantes que en tiempos remotos eran emblema de la sabiduría, la templanza, la eternidad e incluso la piedad. Merece verse. Sorprende la exposición de Juan Manuel Díaz Puerta tanto por el sentimiento dramático que transmite como por el entorno escenográfico que envuelve las imágenes en una atmósfera en la que se adivina más de lo que se ve. Su imaginación poética tiene un tinte heroico que es socorrido secretamente, desde las sombras. Por las precisiones del dibujo que ilumina las formas. Lo que en otros podría parecer grandilocuente, en su caso induce al asombro por la cohesión con la que mantiene su espíritu ascensional. La explosión esta claramente dividida en dos partes: una, de grandes y complejos trabajos de claroscuro; la otra, mas reducida de bocetos para Posguerra. Los primeros son trípticos de más de cinco metros de lado por dos y medio de altura realizados con acrílicos sobre tela. Hombres y animales se mueven en espacios tenebrosos y apenas iluminados por una luz cenital hacia la que convergen. Se caracterizan por el poder de sugestión que irradian. Las penumbras les dan un clima que oscila entre lo épico y romántico, como si evocase tiempos anteriores de la pintura. Algo colosal anuda las instancias. La tríada de bocetos está realizada con una paleta neutra que encara más definidamente el tema. Persiste el vigor del claroscuro, pero de las luces y las sombras recortan y definen en un clima menos umbrío las formas de los caballos y los elefantes que sugieren las piezas mayores. En aquéllas, el movimiento está dado por la disposición de las luces que aluden e insinúan; en éstos, por las líneas que contornean parcialmente las imágenes y, las dilucidan enérgicamente. No hay nada más justo que la voz del cuerpo. Apenas uno la percibe, comienza a oscilar su pico tropical, al principio rozando una hoja, luego, con mayor fuerza, golpeando el tallo con violencia. Sumiso como aquel hombre primero que los relámpagos enceguecían, uno se echa para mejor arder. No hay nada más justo que la voz del espíritu, niño cantante que el viento no puede asustar. Entre las ramas del vergel rojo se desliza riendo, y su carcajada estalla clara, y las manzanas se ríen con él. Todo es alba, todo es carmín: canta más fuerte niño, que si escuchas bien, acecha el temporal No hay nada más justo que la voz de Díaz Puerta. Savia voraz y tumultuosa, es palpable su fluir. Lo que interesa desde la ojeada inicial es la fuerza ciclópea que emana de sus pinturas, y si bien impresiona el trazo seguro de sus columnas altas y mudas, de las manadas de elefantes que parecieran surgir de cielos revueltos, o de las geométricas puertas que, al decir del pintor mismo, constituyen la esencia de la identidad percibida a través del juego con su nombre, no es la forma sino la médula que estremece. Sin tener que pensar, de inmediato uno es arrasado por invisibles y sonoros océanos, que se balancean detrás de la materia con presencia terriblemente verde, terriblemente salada. La mano crispada del hombre que grita en "Expulsión de los vendedores del templo" transmite pathos de manera cabal, mas su trazo extendido es sólo parte del misterio. El verdadero logro de Díaz Puerta es sin lugar a dudas su inusual escucha de las voces escondidas y su dócil obediencia para plasmar los que ellas cantan. En el programa genético, dice François Jacob, está inscripta la palabra "muerte". No nos podemos deshacer de ella. En definitiva, la vida y la muerte no son más que momentos de una misma realidad. Juan Manuel Díaz Puerta demuestra tener una clara intuición de este hecho. Porque en sus obras la muerte está siempre presente, pero no con un tono de desolación o de privación de la vida, sino junto a la vida, esencialmente unida a ella y, por consiguiente, necesaria. Es por eso que "Soliloquio de Invierno" con todo el trágico peso de la tecnología que supera al Hombre y llega a destruirlo, o "La Ciudad de los Mortales" con su minimización de la vida humana, no conducen a un asomo a la nada sino a la verdad intrínseca del Hombre, e ineludible. Sin embargo, esto podría dar a entender que no hay cabida para ninguna otra dimensión. Pero no es así. "Lo que más me preocupa es trascender espiritualmente", declara Díaz Puerta, y esto se refleja en sus trabajos insistentemente lanzados a una búsqueda de algo superior, ese "algo" que, en última instancia, ayude a espiritualizarse a la endeble naturaleza del Hombre. Trabajos como "Los Templos de Syrynx" o " El Vuelo Inicial". Esos movimientos lineales de "Los Templos de Syrynx" ¿Qué son, sino nuestras propias vidas rectilíneas, la misma Historia, también rectilínea, en la búsqueda de lo que la salve de su intranscendencia? En el centro de la obra de Juan Manuel Díaz Puerta, en el fondo de la propia muerte esencial, de la vida desesperadamente en búsqueda, palpita la pequeña semilla de la esperanza. Pequeña pero dura, indestructible. Porque, sobre todo, las inquietudes metafísicas de Juan Manuel Díaz Puerta se manifiestan en forma estética. Y la creación en la belleza, de por sí, apunta hacia una esperanza, hacia una especie de inmortalidad. En su poema "Masa", César Vallejo expresa que la voluntad de todos los hombres nacida de un amor universal entre todos ellos, vencerá a la muerte. En cierta forma, el lápiz de Díaz Puerta atestigua su participación en esa voluntad y en ese amor universal. En "Madrigal", en "Ecos", los rostros, ¿No serían una forma del amor que redime? A decir verdad, Juan Manuel Díaz Puerta atestigua en sus dibujos, la experiencia de los hombres, la vida de los hombres: sus miedos, sus certezas, sus intuiciones. Así de simple. Pero hay algo que salva el vacío entre la realidad y la obra de arte. Y ese algo, es sin duda, el talento. Así de difícil. Por eso, bien se puede decir, que, en el caso de Juan Manuel Díaz Puerta, nos encontramos frente a un artista.
En las últimas obras de Juan Manuel Díaz Puerta, la naturaleza se agita y se rebela: el hombre queda integrado en un ambiente apocalíptico, donde el cambio se presiente potenciado por olas de color que se mueven en la tela, donde las dimensiones y los contrastes, los claroscuros dramáticos, nos remiten a la estética de lo sublime, aquello que deja sin palabras, lo que causa terror y admiración al mismo tiempo, lo que da al hombre medida de su insignificancia, lo que hace al ser humano admirar la naturaleza y al tiempo sentirse integrado en ella. Ocurre así en la serie Eclipse, de marcada concepción escenográfica, en grandes formatos que implican al espectador no dejándole escape, pero también en otras obras, donde es la arquitectura la que impone con su presencia una readaptación de la dimensión humana, infinitamente pequeña frente a lo grandioso. Saca partido también el pintor del sentimiento de soledad frente a la masa humana, potenciando sensaciones de inquietud y desamparo. Tenemos un dibujo, no solo correcto, sino elegante y bello, reminiscente de pintores del renacimiento y el manierismo italiano -Pontorno por ejemplo-, en esa elasticidad y claroscuro enfático pero al tiempo muy sutil, no puramente efectista, pero si muy expresivo, que vemos en la última serie de Díaz Puerta. El cuerpo desnudo se expande en una dinámica de gestos que abren direcciones al espectador, avanzando movimientos, un dibujo que se va insinuando, señalando suavemente los volúmenes. Son las suyas composiciones dinámicas donde se implican la textura de una tela concienzudamente trabajada, texturada en multitud de matizaciones, que hacen de ella un paisaje en sí, un lugar señalado, con unas figuras que nacen de ella configurando un escenario impresionante. En la pintura de Juan Manuel Díaz Puerta se plasma la mutación perpetua de las cosas. Todo ocurre en el mismo paisaje que puede transformarse en cualquier momento. Cielo y tierra se movilizan en un eterno retorno de nacimiento y muerte que nos sume en la incertidumbre. La intuición, el presentimiento de llegada de algo grandioso, algo fuera de lo cotidiano nos atrae en estas obras. De la ciudad de Escobar a la galería Margarita Summers. De Buenos Aires a Madrid. Explican los mapas que hay alrededor de 13.000 kilómetros, pero en la cabeza de Juan Manuel Díaz Puerta se condensan y salen disparados en forma de pintura, escenas misteriosas y realistas al mismo tiempo. Ahora el artista presenta una serie de acrílicos sobre tela que abren las puertas hacia una nueva etapa en su trayectoria. ¿Puertas? Se repite de nuevo uno de los elementos recurrentes del autor, construcciones artificiales que invitan a entrar (o a salir) del mundo. No se sabe hacia dónde pero tampoco desde dónde. Es la constatación de la huella que ha dejado el ser humano en la naturaleza, un diálogo constante que en ocasiones se nos presenta como un decorado, pero en otras veces nos agrede, como en la vida misma. Puertas de líneas clásicas que se cruzan por el camino. Igual ocurre en la serie de tres piezas que llevan por título “Eclipse”. Una misma situación vista desde tres puntos diferentes. El tiempo pasa de largo y sin pausa, aunque sólo sea en la cabeza del pintor. Es la guerra contra lo que todos sabemos que no podemos guerrear, peleas a contraviento con la certeza de que hay algunas cosas que no cambiarán... aunque seamos soñadores, aunque seamos niños, aunque seamos ácratas, como ese tipo sentado de espaldas a la muchedumbre con su cacho de felicidad en los bolsillos. “Perro hambriento con una mosca esta contento”, dice Díaz Puerta. El artista siente la necesidad de volver a las grandes dimensiones, al universo que se toca y que ruge - o duerme- delante de ti. Es por esto que los animales se convierten ahora en protagonistas de los trazos, como si su obra tuviera algo de museo de las ciencias. Al hombre le han nacido una serie de compañeros en este planeta. No estamos solos, aunque no sepamos si eso fue algo de un pasado muy lejano o si, por el contrario, será en un futuro que aún esta por llegar. Es la diferencia entre nostalgia y apocalipsis cultural. Los perros son fieles, los elefantes invencibles, los leones se atreven con todos. Argentino de habla y andaluz de genes. Telas que advierten que la creatividad se mueve más allá de los límites que marca un mapa. Esta selección de la obra de Juan Manuel Díaz Puerta se mueve alrededor de tres puntos de referencia claves. Tres puntos cardinales, lejanos e infinitos. De los temas Bíblicos a los desnudos del cuerpo humano y un paseo por el altiplano boliviano. El artista salta a lado y lado del charco, pero nunca lanza anclas que le puedan atar demasiado a un trozo de mar. Cuando alguien se encuentra cómodo en un estilo, lo mejor es salir corriendo hacia otro nuevo. El biberón de la infancia de Díaz Puerta fue un surtidor de pasajes religiosos. Referencias que más tarde pasó por el tamiz de la vida. El Nuevo Testamento tomó color y las mujeres se convirtieron en protagonistas. El punto de mira puesto en el otro extremo, en aquellos seres que rodearon la vida de Jesús. El amor más allá de lo físico. Desnudos que no expresan nada más que su significado, que no es poco. No hay sexo, pero sí belleza. No hay pasión pero si fuerza. El ser humano ante sí mismo y ante la naturaleza. Lejos de los artificios sociales y de la temporalidad que se mal supone que deben tener las obras de arte. Díaz Puerta perfila los rasgos primarios, los miedos y las ambiciones prohibidas. Viste de recuerdos propios ese hilo invisible que une al ser real que está posando con el que queda plasmado en un lienzo. Estratega de los trazos y dibujante antes que pincel. Los lugares del pasado se repiten en la tela como en la memoria. Zelaya, provincia de Buenos Aires. A veces, una cabaña que se mantiene en la retina. A menudo, unas estructuras arquitectónicas como telón de fondo de un instante que nadie sabe si existió o si fue un sueño. Esos arcos podrían llevar a Jerusalén. O podrían también conducir al altiplano. Bolivia, viaje imaginado y viaje vivido. Un pedazo de tierra que respira y que llena el cuerpo de las sensaciones más profundas. Espectador y cronista de uno de los poros de Iberoamérica, pero sólo como pretexto para plasmar sentimientos. Impulsos que se esconden y que se ven. Ícaro de cabeza al agua. No me toques, que soy un soñador. En la muestra que presenta, “Al Natural”, Juan Manuel Díaz Puerta confirma una vez más su excelencia como artista plástico. Dedicado a la pintura, con ductilidad, produce obras admirables, asentadas en un dibujo sumamente depurado. Presentación para el catálogo de la exposición en Galería de la Recoleta, Buenos Aires, marzo de 2003 Juan Manuel Díaz Puerta vive y trabaja en su casa de Escobar (Pcia. de Buenos Aires). Pinta y dibuja con morosidad ya que con ello encuentra un gran deleite, no exento del dolor del parto que sufre todo creador. Para él, la creación artística es motivo de meditación y de reflexión. Por eso sus obras le demandan mucho tiempo y son, finalmente, escasas. Le atraen los tamaños considerables, que le permiten desarrollar diferentes espacios nuevos. El año pasado expuso grandes telas pintadas en el salón de exposiciones de la Casa Rosada y en el Centro Cultural Recoleta, en una muestra que tuve el gusto de prologar. Por el contrario, en la perspectiva ascendente de este artista, el hombre recupera su escala, y con ello, su dignidad y su verdadero lugar en el cosmos. Ofrece, así, una visión superadora del desencanto postmoderno. Ahora presenta junto a algunas telas que reiteran ese planteo una serie de elefantes y de caballos, en donde, por ausencia, el hombre también está presente. A esos animales se los sigue viendo de manera ascendente. Díaz Puerta es joven, pero ya tiene su trayectoria, en parte realizada en España, donde vivió cinco años y expuso en diversas ciudades importantes. Se destaca la muestra que realizara en la galería Margarita Summers de Madrid, en el año 2000. Su vocación monumentalista se reitera en la exposición que ahora presentamos, no sólo por los grandes tamaños que tiende a utilizar sino, particularmente por la noción del espacio y de la figura que él sitúa. : Díaz Puerta es un artista talentoso y original. Sus enormes obras están en el Museo Metropolitano de Buenos Aires. Revista Poder, Buenos Aires, Junio 2004 Juan Manuel Díaz Puerta presenta sus óleos, acrílicos, dibujos en carbonilla, lápices y acuarelas en una muestra retrospectiva que reúne los trabajos de los últimos años. Maneja sus obras, de enorme tamaño, con una soltura y una originalidad que sorprenden gratamente a legos y expertos. Hace un año las autoridades del Banco de la Ribera Cooperativo Limitado me invitaron exponer una atormentada serie de obras en las que había trabajado obsesivamente en los últimos años, años oscuros, densos, difíciles, como un largo túnel cuya salida no se alcanza a vislumbrar más que en el interior de nuestra propia fe y esperanza y en el limite preciso y necesario para la eterna invocación “hágase la luz”. Y esa exposición llevó como un ruego silencioso el título de “Amanecer en Escobar”, que el SOL de nuestro escudo patrio nos ilumine. Hoy, en el amanecer de una democracia que todavía nos cuesta ver por tener las pupilas acostumbradas a las sombras, pero que queremos con todas nuestras fuerzas aunque nos duelan los ojos al mirarla de frente y nos obligue cada tanto a entrecerrar los párpados, brilla el más intenso y luminoso amanecer,el de una generación cuyo mayor antecedente es el futuro. Por eso, a Juan Manuel Díaz Puerta, a la juventud de Escobar, a la juventud del país, deseo augurarles el SOL. El Sol que permite el acceso a los espacios abiertos donde el hombre se enfrente con sus propios misterios, sus fantasmas, su angustia de SER, pero sin presiones externas, sin condicionamientos de una realidad que no siempre le es propia, sin convencionalismos estériles y esterilizantes. Y es en ese espacio abierto, en ese “espacio sin tiempo”, donde vestigios de antiguas civilizaciones atisban ecos de un futuro ya presente de tanto soñarlo que nos ubica, desubicándonos, el trazo firme, ceñido, realista y surrealista (superrealista, diría Borges), de Juan Manuel. En sus dibujos vemos una realidad que nos obliga simultáneamente a dudar de esa su “realidad” y nos obliga a quedarnos solos, con algo así como una pregunta sin respuesta, donde todo es posible, inasible, inquietante e inseguro, y una vez más el mitológico laberinto nos obliga a buscar el hilo conductor que nos acerque a la salida pero que solo cada uno de los espectadores, incitados a ser protagonistas, deberá encontrar para sí mismo, experiencia única e intransferible, que siempre propone el verdadero arte y el auténtico artista. Y es por eso que saludamos a Juan Manuel, a su creación, a su futuro que es el futuro de una juventud que no quiere engañarse heredando convencionalismos que no le sirven y sale a campo abierto en busca del Sol que siempre surge generoso de esperanzas en cada nuevo amanecer.
Presentación para el catálogo de la muestra en Unicaja, Almería, Marzo 2003 ¿Quién no se ha sentido alguna vez transportado por imágenes tan conmovedoras que su mirada, ésa ráfaga interior, no haya regresado trocada en destellos sublimes, tras haber visitado aquellas comarcas de las profundidades del alma? Juan Manuel Díaz Puerta, emerge una vez más como traductor de lo inasible, transitando alado todas las gamas del abismo emotivo. Ante su obra tan bastamente dotada, es imposible no estremecerse. No se prodigan con frecuencia las ocasiones de sentir aquella alta correspondencia, pero hallamos en Juan Manuel, sin duda, ese magnífico impulso del ser propiciador. Intuidor del absoluto, el artista nos arrastra sin concesiones más allá de sus propias ciénagas, mareas infinitas, más elevado aún que sus desgarradores cielos, hasta hacernos sucumbir, despojado de todo inútil lastre, ante la oscuridad reveladora. Sus trazos son lanzas incandescentes que iluminan nuestra hondura sensible para reanimar las llamas de la suprema obscenidad de la belleza.
El Panteón de Díaz Puerta Periódico La Prensa, Buenos Aires, Domingo 21 de abril del 2002 Existe en Roma un fascinante edificio que aún conserva su estructura casi sin cambios desde la época del Imperio. Es el Panteón, que culmina en una cúpula con una abertura por donde pasa, teatralmente, la luz. Esa imagen es la que detalla Juan Manuel Díaz Puerta en sus pinturas y hacia esa claridad se dirigen sus procesiones de figuras y animales, como si se encaminaran hacia algo definitivo, después de abandonar algún lugar, probablemente de este mundo. Estas obras sombrías semejan frescos sobre los variados éxodos del género humano, y la resolución expresionista, con su carga cromática oscura, tenebrista, consigue tocar la sensibilidad algo exacerbada del momento histórico que estamos viviendo.
De su nativa Concepción del Uruguay, en Entre Ríos, Juan Manuel Díaz Puerta llega a Escobar, donde reside actualmente. Y llega acompañado por su juventud, su entusiasmo por el arte cuyos senderos transita, por la impaciencia propia de quien ha nacido en 1965; siente que todo un mundo distinto lo espera y teme que el tiempo no le alcance para expresar lo que su espíritu creador le dicta con urgencias. Una juventud aparentemente indisciplinada, pero que él encauza a través de sus estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Dibujante nato, creativo constante, va dando vida a obras que expone en distintas muestras como la que hoy nos ocupa. El público comienza a admirar y gustar sus obras de un estilo neoclásico, que marcha hacia un expresionismo creativo, donde la imaginación adquiere una importancia capital. El artista logra comunicarse con su público a través de los distintos matices de grises de su lápiz inquieto. Hablamos de inquietud, de entusiasmo, de cierta indisciplina. También de creación pura, de voluntad, de sinceridad. Es decir, hablamos de Juan Manuel Díaz Puerta, su juventud, su arte, su futuro. |